Se quedó escondida en su dormitorio hasta pasada la hora de comer.
Había vivido toda su vida en una casa con servicio. Desde la más tierna infancia hasta su matrimonio con el de ojos saltones e hinchados. Hacia el segundo embarazo dejó los cigarrillos y el servicio, yéndose al campo abruptamente.
Pasaron las semanas, y al final todo parecía olvidado. La señora había recuperado la costumbre de sentarse en un taburete hacia la noche, junto a la mecedora.
Jamás echó en falta las estampas religiosas de la nevera, ni los taxis o saludar con la cabeza alardeando de collar.
No obstante, como si posara en un cuadro costumbrista, había días que mejor no seguir haciéndole caso a las vocecillas de su cabeza o no tendría absolutamente a nadie a quien mecer.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.