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La cita de los viernes

Con la esperanza de que se quedase, ella se inventaba cada viernes un pretexto para aplazar la partida; es más, se prometía no mirar la hora del reloj. Ella lo entretenía, como que mostrándole sus riquezas de mujer y dándose al buen vivir. Él se dejaba querer, sin darse cuenta de que la alentaba; y a su modo resultaba agradable entregado al amor.

En suma, cumplían y callaban a base de murmullos y gemidos, sumidos en ensoñaciones varias y esa parte del día de cada semana que los gobernaba haciendo como que nada antes hubiera pasado guardándose fidelidad y, por otra parte, deseando tener hijos.

De vuelta a casa era cuando cada cual miraba al cielo y echaba cuentas: llevaban, entre los dos, sin desaires ni muchas cavilaciones quince muertos; uno por cada semana.

Pedro Belmonte Tortosa

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Pedro Belmonte Tortosa
Tags: amorgemidosmurmullosriquezas de mujer

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