Quienquiera que fuese, había exhalado el último suspiro a los veinticuatro años persiguiendo el sueño de continuar teniendo siempre veinticuatro años.
Pero lo cierto era que, en efecto, desde el punto en el que se encontraba, la implacable cárcel sin barrotes se prolongaba en un radio amplio en cualquier dirección que se eligiese.
No le quedaba más remedio que armarse de paciencia y darle la espalda, evitando de ese modo que lo asaltaran malos pensamientos. Ya ajustaría cuentas; para algunos seres humanos, la infancia duraba mucho más de once años.
Se necesitaba tenerle mucho apego a la vida para conseguir mantenerse tres largos días con sus correspondientes noches en inestable equilibrio sobre las frágiles promesas. Que lloviera a mares, que fueran familia (ese último lazo de unión con el que había sido su mundo), haber circunnavegado el globo, convertirse en el penúltimo ser humano del planeta, no aborrecería el simple hecho de buscar cuatro piedras y distinguirlas para luego echarlas a la hoguera y, al menos, esa noche, comer mejor que los escandalosos coyotes que se dedicaban a aullar durante horas, acechando hasta pensar encaminarse del todo.
El otro se volvía a mirarlo sonriente mientras asentía una y otra vez con la cabeza. Gilipollas.
Perdió la noción de los días, porque al fin y al cabo poco le importaba el tiempo, teniendo en cuenta…
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