Categories: Extraños (Blog)

El hogar

Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni cómo ni cuándo llegarían a él.

Cuanto les rodeaba era ciertamente hermoso y placentero, pero el simple hecho de tener que estar siempre atentos a la difícil tarea de sobrevivir permitía al líder y a los suyos que los recuerdos les llegaran en tropel. Ese era el momento en el que debía demostrar su auténtica valía al elegir la menos gratificante de las opciones.

La mayor de sus hijas abultaba casi el doble que aquella frágil trompetista que aspiraba a convertirse en la nueva esposa de un joven inexperto con la edad justa como para fijarse en una elefantita tan bonita, avispada y llena de vida. Quien insistía en cargar con ella, chasqueando la lengua y guiándole un ojo como si acabara de cogerle en un renuncio al insistir.

Si bien, a los ojos del padre, aún no era la elefanta a la que poder amar, acariciar, poseer y penetrar con la fuerza con que acostumbraban a hacerlo.

El golpear de sus propios corazones les impedía percibir con nitidez el golpear de los pies de otros, que avanzaban en silencio y ni tan siquiera jadear. 

Únicamente sobrevivieron tres de ellos, que al llegar a viejos les contaron a sus nietos que había sido la tierra muerta y no las tribus, las personas, las que habían aniquilado a ese selecto grupo. Resultaba en verdad difícil entender cómo era posible que tan extensos territorios ricos en agua, carne y toda clase de posibilidades para implantar una floreciente agricultura se encontrasen, no obstante, tan escasamente poblados.

Para sorpresa, el resto de los animales ni se inmutaron siquiera, como si el hecho de que tres de sus compañeros estuvieran pataleando en el estertor de la agonía careciera de importancia.

Con el paso del tiempo, volverían las noches y volverían las lunas. De todo ello, la soledad era lo único a lo que les agradaba regresar a menudo. La razón es que pocas cosas activaban de una forma más rápida la memoria que un olor, y esa memoria tan solo les traía a la mente años de tristeza, penurias y angustiosa soledad.

Por suerte, fértiles y gigantescas praderas continuaban prácticamente deshabitadas.

PEBELTOR

Tierra de gigantes

 

 

Pedro Belmonte Tortosa

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Pedro Belmonte Tortosa
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