A la mañana siguiente le dio un beso de despedida en la boca. Cambió las sábanas, puso la lavadora y no tuvo ninguna necesidad de contárselo a nadie. Ya ni se quedaba mirando cómo daba vueltas el tambor y la espuma. Dejaba que las cosas sucedieran sin más, como si nada tuviera importancia para ella.
Era una de tantas personas capaces de poner los ojos en blanco o de hacer un ruido como si se estuviese ahogando cuando le apretaban las caderas, entrecortándole la respiración, como si fuese lo más natural del mundo, húmeda y sonrosada, invadiéndole una agradable tristeza que le ponía al borde de las lágrimas sin preocuparle lo que la gente pensara.
Seguía volviendo a casa los fines de semana para ayudar a su padre con la gasolinera los sábados por la tarde y la mañana de los domingos, donde nadie dejaba toallas tiradas en el sofá ni nada de platos sucios en el fregadero. Su madre mascullando, encantada, aunque hubiera deseado otra vida para su hija, que ya rondaba los treinta y cinco. Solo de pensarlo se le marcaban más si cabe las ojeras y los labios pálidos y algo cortados, de la última vez que hablaron sin torcer la expresión, madre e hija.
PEBELTOR
Tenía una herida muy grande. Más aún le faltaba tiempo para medir la vida por décadas que no por años.…
Quienquiera que fuese, había exhalado el último suspiro a los veinticuatro años persiguiendo el sueño de continuar teniendo siempre veinticuatro…
Perdió la noción de los días, porque al fin y al cabo poco le importaba el tiempo, teniendo en cuenta…
Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni…
Se encontró con ella en la estación, el Titanic de las Montañas, y después de no haberla visto en dos…
...aquel rostro sonreía o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. La historia interminable