Llevaban tiempo sin ir, y cada vez quedaban menos. El olor ya no era el mismo, ni el tacto de los muebles. Hasta la ventana del salón parecía distinta.
Lo que sí había cambiado era la puerta de la entrada, siempre cerrada. Hubo un tiempo en el que se le regañaba a todo aquel que osase cerrar la puerta de la calle, con su sanedrín al pasar gracias a esas cortinillas de canutillo que hacían su música.
Hasta las calles estaban más empinadas, y la plaza (donde las fiestas y tomar el fresco) menos lustrosa por veces que la hubieran hecho cambiar de arriba a abajo las políticas de los políticos.
Si bien, el pueblo seguía en su sitio. Más iluminado, mejor señalizado y menos perdido por entre todos esos con los que compartió comarca, y donde la una carretera era eso y no un camino asfaltado lleno de curvas. El pueblo de los funerales.
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