El sol, el sol brillante, la esperanza y la frescura se escondían por entre la apestada ciudad. A través del costoso vidrio y una remendada ventana se llegaba a ese lugar que sin ser catedral de nada, y rodeados de grietas podridas, ambigüedad y miseria, los rayos embrujaba.
Todos los cuadros se reconocían por igual. Todos. Todos iguales. Y como que demasiado intensos algunos, se fuera o no persona prejuiciosa. Los cambios resultaban tan suaves y fáciles, o simples, que no se distinguían. Circunstancias que evocaban por sí solas en toda esa rara funcionalidad.
Y todo con la puerta de un cuarto entreabierta, escuchándose el tiroteo del frente a unas manzanas del hotel donde residía tan pensión. Tiros de fusil toda la noche, tableteando una ametralladora apiñada por encima de las tejas desde donde alcanzaba la vista de una chimenea sin humo.
Era la guerra, que cambiaba a las personas. O las personas a la guerra. Y viento de libertad en forma de cuadros, colores y marcos útiles. Porque quien entraba no salía disparando. Y eso que en tal lugar no había inocentes, ni crucificadores ni mártires, pero estaban en guerra: todos. Todos. Con los agravantes del parentesco y tipos harto peligrosos.
Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni…
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...aquel rostro sonreía o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. La historia interminable
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