La doctora salía de una guardia en el hospital, harta de historias de nuestro tiempo, cuyo último caso había consistido en atender a un joven con un bulto en el cuello en el quirófano. Una perla que apenas podría volver algún día a casa, con apenas dieciocho años. La abuela de setenta años lo había entendido, desempolvando recuerdos para hacerle más llevadero a la hija el trance, recuerdos que nadie quería que viesen la luz, pero necesarios.
Elisa no tenía esas lealtades inquebrantables, sí otras, como los amores imposibles y las traiciones imperdonables.
Se duchó, repasó la depilación, miró con extrañeza alguna de sus partes, comió algo y procedió a quedar con un hombre más mayor, delgado, de cabello escaso y blanco, elegantemente vestido. Así los pedía la mamá de origen español, que una vez fue soldado.
Haciendo tiempo, ella posó con mezquina satisfacción echando mano de lo que había en ese edificio de apartamentitos. Otras, con gafas de empollona y nariz respingona, o la que dibujaba una cruz en la frente con miel y rezaba una oración para que todo le saliera bien.
Los invitados y su efusividad, sobre todo en esas fechas, confundían más que ayudaban. Pero se necesitaban.
Dos horas más tarde ¡cuán diferente les era todo! Como las abejas siempre regresaban a su colmena, mandaban comer fruta a los hijos y les ponían los relojes en hora a los mariditos, pues todos los barcos necesitaban un capitán, los pequeños y los grandes.
Él cerró con fuerza los párpados y se tocó la frente; después le colocó el mechón de pelo detrás de…
Eso es el dinero, la sustancia que vuelve real al mundo. Y hay algo tremendamente corrupto y excitante en ello.…
...rendición, cerró el maletero y los despidió agitando la mano.
La vida brindaba esos momentos de felicidad a pesar de todo. Lo recordaba como un sonido que salía por la…