Sus manos a menudo le recordaban a él. Tenía que soportar un reto y otro más, cargando con su propia condena. A veces le daba un poco de apuro.
No sabía pensar en él sin cerrar los ojos, sin dejarse atravesar. No sabía abrazarlo, bañarse en el mar, ni cómo, para qué, cuándo. Tenía un vacío que no se le llenaba.
Si el mar regresara se cambiaría por él sin pensarlo y, a renglón seguido, de poder ya no habría más mar… ese era su llamamiento… y de su esposa, la madre de su hijo… su mar, su crueldad.
El día que llovió hacia arriba
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.