Cada noche acude a ese rosal mientras recojo. Coge su infusión, bien calentita, y con una mano en el bolsillo y la otra en el asidero de la taza, se acerca a la plantita. Esos té con leche y yo somos uno, extrañamente.
–Cariño sé que nunca serás feliz cocinando para otro– tartamudeó la otra noche, tenía algo de fiebre. No suele ponerse malo ni hablar abstracto en la mesa.
Yo, que lo conozco, terminé de cuadrar su flechazo, obsesión y paranoia. Veinte años lo menos. La tos fue y será la culpa maldita.
Desde entonces sé más de esa particular sensibilidad del más allá cuando me dice que tengo los cabellos morenos siendo rubia… ¡Hermana mía!
Una semana más tarde, la manada emprendió el camino de regreso a un hogar que no sabían dónde estaba, ni…
Se encontró con ella en la estación, el Titanic de las Montañas, y después de no haberla visto en dos…
...aquel rostro sonreía o reflejaba una tristeza inmensa o una indiferencia total. La historia interminable
Él seguía retumbando a través de la oscuridad. Pero también los edificios parecían absurdos, como si tuvieran las puertas en…
Lo de ser una persona muy feliz, romántica y dulce no iba con ella. Si bien, la vida brindaba esos…
...también tenía su propia belleza: tal día hicieron dos veces el amor. Quería mirarle a los ojos cuando naciera su…