Guardado quedaba lo que fueron el uno para el otro, más allá de lo visible de dos sillas, una mesa y todo cuanto movió el amor y empujó el primer café al que ella le invitó.
Antes de abrir los ojos a la vida, sus retinas ya se estimularon buscándose a la luz en plena oscuridad del café, reconociéndose sin saber si vivirían mucho o poco juntos.
Nadie quedaba, o todo, de aquella primera vez. Y eso que no pudieron haber nacido en una época mejor que esa, en la que todo de antemano estuvo perdido. Si bien, para su guerra sólo servían sus armas, y para su lucha sólo servía su paz. Un puente de hierro se había forjado. Y ninguno volvería a caer en el error de tal amargor. Ninguno buscó el perdón social. Eso también era de cobardes, cual auge y caída.
Ella siempre creyó saber más del amor que nadie, y se centró en sus propios intereses.
Al final resultó una gran experiencia, sobre todo por trabajar el amor con alguien que trató de ser honesto, aunque ser completamente honesto fuese una tarea muy difícil para cualquiera. Lo que se vendía era el resultado de esa experiencia, ese momento mágico. A veces, claro, no había magia ninguna. Y todo quedaba en eso: dos sillas, una mesa, nadie. Ni un mísero café de despedida, cuando se temía más a los vivos que a los muertos.
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