Cuando se quería a alguien se pasaba por alto lo obvio. La debilidad, la dependencia, la desesperación. Poner límites era difícil, pero más complicado resultaba vivir tolerando todo cuanto le hacía daño.
Y no le compadecía, no dejaba de ser un ejecutivo sociópata o la representación más vana y mísera de ello, con toda la osadía y la profunda ignorancia que albergaba.
Al final ella estaba segura de que si su corazón dejaba de latir el suyo dejaría de dolerle. Y abonó lo que le pidieron, pasando de la indecencia al privilegio, celebrándolo.
El peligro no siempre eran los perros callejeros y los niños; las mujeres baratas eran las que a la postre salían más caras.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.