A veces se reía tan fuerte que la cara se le ponía roja.
Las cinco de la tarde y nadie sentado. Las siete, y lo mismo. Qué extraño fin de semana fue aquel. Eran de la misma edad, o casi de la misma edad. Meses más arriba o abajo. Y lo cierto era que no le interesaban las chicas sanas y normales, le eran demasiado previsibles.
Ya tenía veintiséis años. Tendrían. Y ni fotografías ni dibujos. Solo pintaban cuando estaban juntos, y lo de las fotos le sería un tumulto para uno solo. Solo de pensarlo su cuerpo se estremecía.
Del mismo modo se les acabó el tenis los domingos por la mañana en la pista pública. Su única esperanza consistiría en un vis a vis, y para eso todavía era pronto. Además, Margaret se expondría más si cabe. Le podría delatar Ferguson, porque nadie podía cambiar los sentimientos a fuerza de voluntad: “le dijo que no disparara”. Y eran como eran, él no podía dejar de sentirse furioso y decepcionado.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.