Era la realidad cotidiana con todas sus contradicciones. Profunda, divertida, ligera. Sus hijos y sus ex no la reconocerían del todo. El poder de sus risas seducía. Y el esmalte de uñas, rojo. La experiencia religiosa de santiguarse. Su inclasificable rostro mostrando ese reflejo constante que la priorizaba, disfrutando, sin ni mirar a zonas específicas de su cuerpo. La camiseta, de culpa y estupor; el bolso, tan cerca que respondía a todos sus planes; cómo se atusaba el pelo, inapelable; la búsqueda de la grandeza, queriéndose.
Todo un credo estético y vital. La universidad del más allá. Muy elegante esa forma de amor. Excesiva, sobrándole la muerte y la tristeza. Sí, se había ido a hacer yoga; eso decía.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.