Cuando Connell puso el intermitente para tomar la entrada de la urbanización de Foxfield y se detuvo delante de su casa. Lorraine bajó del coche. Connell miró a Lorraine por el retrovisor… después todo y nada sucedió.
Un vecino que lo presenció levantó las manos en gesto de rendición. Otra no pudo articular palabra.
Las marcas, meses después, seguían estando: ellos no; ni las bolsas de plástico reutilizables que un vecino usó para evitarle el mal trago a su hija: Sophie.
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