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Azul cielo látex

Era una mujer que había vivido la mitad de su vida fuera de México. Y que ya, fuera de lo maternal, todo se le volvía de azul cielo látex.

Tenía a un hombrecillo en su cabeza, en nada de esos del sudor añejo y sardina. Ella y todas las argentinas de su calle. Vivían en la costa granadina, en un pueblecito junto a un peñón y su salobre. Y aunque parecía tímido, formaba parte del reino animal.

Tiempo atrás le hizo el amor desaforadamente, colmándola de momentos lúcidos y a la par desconcertantes, de cuando frecuentaron un bar arrumbado en una carretera vecinal.

Aquellos días fueron frenéticos, lo poco que les quedó por hacer fue pasarse horas y más horas viendo el televisor en la frescura del aire acondicionado, pero como no tenían retornaron a Viena, que fue donde en verdad se conocieron.

Él como falsificador, un tipo capaz de hacerse pasar por tartamudo y que la pulsión de la repetición fuera animosa. Ella, historiadora a sueldo, viviendo con la despreocupación de una aristócrata y la preocupación de una paria. Allí, no tomaron forma ni consistencia alguna. Con las piernas ligeramente separadas ella le despidió, tras haber sido mordidos sus pechos y ese bronceado veraniego que paseó al disparo de otro inocente.

Tan violento y simple su nuevo amigo podría llegar a serlo, bien distinto es que quisiera. La quería toda para él, no en cabeza ajena. Que descubriera verdades luminosas en la destrucción de su propia vida. Que regresase al redil… El asombro de ella era consecuencia de la pura ignorancia, que también de la decisión de cada cual de comenzar una y otra vez.

Una triste poesía oscura iluminaba esos sus últimos días, la mar estando salpicada de policías, y ella de una soledad que la condenada debido a su profesión y circunstancias.  

Pronto llegaría la hora de moverse a otra ciudad en la que le sucederían más o menos las mismas cosas o Dios la perseguiría. Su hija prefería opositar a maestra más que apresar el tiempo presente, queriendo ganar una pelea que perdió hacía mucho.  

 

Pedro Belmonte Tortosa

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Pedro Belmonte Tortosa
Tags: falsificadorganar una peleahistoriadorainocentemadrepolicíasoledad

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