Cuanto más caos, más estímulos tenía. Debía de estar tranquilo y, sin embargo, sentía incertidumbre, necesidad. Solo le faltaba trasladarse a otra localidad y cambiarse de trabajo. Había dejado de acercarse a su bloque de pisos y buscarla por entre las ventanas de arriba, de esperarla, de hacerse el encontradizo.
Llevó su corazón bajo las vías del tren y esperó el shock. Con todo y con esas, la seguía queriendo, más que cuando empezó a mirarle con avidez, más que cuando ojiplático se le presentó en casa y se le desnudó de cuerpo entero en un santiamén.
Querer no era fácil, tenía la sensación de haberla perdido. Y seguía en sus trece de volverle a poner entre sus manos un cepillo de dientes, el sexto quizás; de las zapatillas de estar en casa siempre se encargó ella.
Aparte de los pocos millonarios a los que trataba por dinero, dedicaba todo el tiempo a visitar hospitales infantiles. Sufría…
...ahora ya sabía todas las respuestas. Sucedió en una franja de tierra larga y estrecha con playas a uno y…
...que no pudo recordar luego cómo era, y la quería. La quería querer, que se dejase.