El interior del asilo no tenía mejor aspecto que el exterior. La discreción truncada fue esa: caballos salvajes corriendo. Picores, quemazones y todo fue desapareciendo. Al principio, mis obligaciones consistían en ir de mesa en mesa.
Caprichoso el destino, caprichoso el calendario. El despertar de los sentidos me pilló desprevenido y sin haberlo intuido ni por asomo; muchos otros lo rezaban, sentados a descansar, con o sin paliativos.
Las losas, pulidas por años de uso, también trotaron; y el banco de piedra, así como los botones que las criadas les cosían hablándoles despacito.
A su término, no pude más que echarlos al pozo. Uno se me quedó olvidado, me lo encontré jugando a las canicas.; el que sufría demencia, quizás estuviera confiado y revoltoso aquel día. Un pobre hombre sin ni gratos recuerdos. Años de televisión, miradas a los tejados, su tapete, las fotos de familia en su sitio, y el lujo terrenal del sofá y el sillón: otra peligrosidad por sí misma, ya sin tradición que seguir. Nada heredaré de él.
No quería ni mirarle, siempre hermosa y con los dedos largos y las venas marcadas. La niña que fue. Hasta…
En Villaciruela estaba prohibido leer, escribir. Las señoras habían de serlo siempre, admirables en cualquier circunstancia. Afortunadamente siempre existía otro…
Por muy diferentes o parecidas que sean, y cosas hirientes que se digan, las religiones unen a las personas. No…